Dicen que una persona madura es la que aprende a gestionar bien las ausencias. Supongo que, a mis sesenta otoños, sigo siendo un niño, lo que es raro, porque niño sólo se es dos veces, en la infancia y en la vejez, ya que entre medias, casi toda la vida, uno tiene que jugar para ser mayor al juego más tonto del mundo. Que nuestra relación asimétrica fue homicida lo sé, pero me había hecho adicto a la oligarquía de tus ojos, y volver a ver tu sonrisa fue como esa carta que abres con una frase de perdón. No querías que te explorase al otro lado del río Manzanares, en el Club de Tiro, así que dejé que condujeses al Sur, arrastrándome de la mano, lejos del coche, triste como un armadillo, entre las tumbas que comenzaba a lamer el sirimiri de héroes de guerras en las que no había participado y en las que antaño jugaban a la pelota los jornaleros sobre los ataúdes abiertos y los ángeles de mármol ahora decapitados, entre los espíritus de los amantes que se arrullaban en sus tapias y de los giróvagos que en sus pasillos se enredaban en trifulcas. Te miraba pensando que hay palabras que aguijonean el espíritu y que lo postrero que se reconstruye es tan espurio como una flor de plástico. Me habías conducido, de nuevo, al vértigo de matar, pero ya no te guardaba rencor. No podía sentirlo. Ándale, dijiste. Querías que te lo hiciese en un recoleto rincón del columbario. Hacía más de dos años que me habías hecho esclavo de la morfología de tu cuerpo diseñado para el sexo. El viento suave como la luz de la tarde silbaba tu nombre anunciando el otoño. Cumplías los veinte. No llevabas perfume. Siempre fue mejor así. Cruzamos nuestros ojos mientras acariciaba tus bragas. Todo lo que tocaba en aquel Cementerio Británico de Carabanchel estaba frío, menos tu cuerpo, como aquellos últimos días juntos en un autobús que avanzaba por el desierto de Nazca, como nuestra relación, hacia la nada. Me tumbé a tus pies en el pasillo. Me dolía el intestino como si estuvieses haciéndome vudú. Aprovechando el traqueteo dejaba mi mano para que tu espalda se apoyase en ella. Llevabas días sin hablarme. Me había acostumbrado a esa estrategia tuya para mantenerme amarrado cuando me veías vulnerable. Si tu espalda se acercaba el intestino me dolía menos y sentía el calor que bajo la sudadera desprendía tu cuerpo. Mi mano estuvo atenta a tu espalda, para retirarse si te alejabas; pero tu espalda apretaba mi mano en el respaldo hasta que las luces y el circo cotidiano de ruidos volvía. Regresó la oscuridad. Se acentuaron los baches de la interminable carretera pedregosa. Cambié de posición. Acerqué la mano por debajo del asiento a tu zapato. No te moviste. Repentinamente eufórico, como la noche que nos conocimos en Nepal, sentí que nuestra piel bailaba en el invierno austral una melodía sólo al alcance de nuestros oídos. No había duda; si no alejabas tu pie de mi mano, me seguías amando. Estabas a gusto. Volvías a ser esa misma de Asia que odiaba despanzurrarse en las playas y seguir al guía de Travelhostias levantando el paraguas. Acaricié feliz tu zapato y dejé de sentir en aquella atmósfera chola del autobús un vacío legal. Las nubes del Norte dispersas y relumbrantes como rodajas de naranja se marcharon, y el firmamento andino, tan índigo y despejado, ya no me pareció una herida supurante, sino el fondo de una imponente pecera repleta de brillantes peces. Pero cinco minutos después otro autobús nos iluminó. Tenía gracia. Todo ese rato había estado abrazado a un zapato vacío.

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