Tú quieres dormir y yo quiero andar (primer capítulo)

Quise ser, al menos una vez, lo que mis padres anhelaban cuando corría a recoger los balones que una avioneta arrojaba en la costa. Pero dice un viejo proverbio japonés que el ausente se marcha cada día, y yo había cumplido los veinticinco y, un día cualquiera, la cabeza empezó a darme vueltas, como si todo aquel tiempo pasado hubiera estado fabricando unas alas de cera y, de repente, hubiese despertado a un diablo dormido, sin poder hallar las flores que vuelan para dormirlo. Mi vida resbalaba como la luna por los cristales de aquellos grandes almacenes en los que trabajaba; una noche abrí la ventana de mi buhardilla, escuché el sonido de los aspersores, miré aquel montón de historias inconclusas y, antes de llegar al postre, descubrí que ya me había ido.

Llegué a Londres con sesenta mil pesetas guardadas en un sobre envuelto en un calcetín. A los pocos días, el fajo de billetes había disminuido tanto que ya no me molestaba en el zapato.

Entré con mi currículum en librerías, sex-shops, tiendas de antiguallas y animales exóticos. Observaba a la gente que subía las escaleras del metro. Era un hombre solo que quería dejar de estarlo y fantaseaba con encontrarme alguna cara conocida que me ofreciese un trabajo. Me encantaba comer kebabs en los turcos de Sheperd’s Bush y columbrar por la ventana de uno de esos autobuses de dos plantas la vida desparramándose por los caminos de Hyde Park.

Había habitaciones baratas en la zona uno, pero debía compartirlas con tres o cuatro personas. Encontré una habitación individual en Fulham Palace Road. No era más grande que mi cuarto de baño en Madrid y, por la noche, debía meter la cabeza en la almohada para que no me despertase el ruido de los camiones que salían de la ciudad; pero tenía una buena mesa y una silla.

Ludovic y Gwenola compartían habitación. Habían llegado a casa el mismo día y el agente les convenció de que una habitación doble era un buen negocio.

Ludovic era escrupulosamente ordenado. En su lado de la habitación sólo había una bolsa de trabajo, un par de pesas y botes con vitaminas. Vestía con camisas de leñador. Era enorme y algo contrahecho. Se levantaba a las cuatro de la mañana. Trabajaba en la furgoneta de reparto de un supermercado. Cuando regresaba, se tumbaba en el sofá y se ponía a ver esos concursos de la televisión inglesa en los que todo el mundo parece feliz. Su tema de conversación favorito era lo desagradables que son los ingleses.

Gwenola de Froberville era un desastre: la ropa colgada de las sillas, la cama siempre deshecha. Trabajaba en los almacenes Harrod’s. Le gustaba pasearse por Londres sin paraguas, y los perros grandes. Era esbelta, como los castaños del barrio parisino donde vivía. Cuando estaba feliz, sus ojos de espuma te rompían en medio del alma, pero si algo le afligía, le veías unas lágrimas enormes de payaso triste.

Alguna mañana, al levantarme, encontré en la cocina una luenga nota de reprimenda de Ludovic, porque Gwenola no había restregado las cacerolas. Una vez rompí la nota y las fregué yo mismo.

Logré un trabajo a los seis días de patearme Londres, en una pequeña tienda de ropa de boda para caballero. Al final de mi primer día, Mr. Palmer, el dueño, despidió al otro extranjero que trabajaba en la tienda porque yo hablaba inglés mejor que él.

Sentía que cada día era el último, que a la mañana siguiente podría encontrarme a otro vendedor en el cogote. Sin embargo, pasaron los días y Mr. Palmer no me echó.

Era una tienda increíblemente pequeña para la cantidad de ropa que albergaba. Había instalado un circuito cerrado de televisión con una cámara en cada planta. Al principio, Mr. Palmer controlaba todos mis movimientos, incluso si cogía un caramelo escuchaba su risa en la planta superior. Cuando entraba un cliente, se quedaba observándome y si cometía algún error en la venta intervenía. Siempre me decía que no me preocupase porque estaba seguro de que llegaría a Hollywood.

Una mañana, mientras desempaquetábamos un envió de corbatas italianas, me contó que había nacido en Mombasa (Kenia). Su padre era sastre, como el padre de su padre, y tenía una tienda de ropa de boda para caballero.

Mr. Palmer jugaba con los niños negros de la escuela y hablaba suahili. Con lo que más disfrutaban su hermano y él era con las películas americanas de piratas surcando los mares, bajo el cielo estrellado de Mombasa. Su madre les daba una moneda para todo el fin de semana y, cuando el acomodador les indicaba que sólo uno de los dos podía entrar al cine, se echaban a llorar. Habían perfeccionado su llanto con tanta maestría que el pobre hombre claudicaba, a condición de que se sentasen en la misma butaca.

Al padre de Mr. Palmer el negocio le fue bien hasta que los keniatas crearon una frontera y le obligaron a renunciar a su nacionalidad inglesa. Una mañana embarcó a su familia en un carguero árabe y regresaron a la tierra de sus ancestros. Pero la vida era tan difícil en la India que tuvieron que emigrar a Inglaterra.

Con diecisiete años, Mr. Palmer tenía un puesto ambulante de pantalones en Carnaby Street. A los veinte entró en unos grandes almacenes, formándose como vendedor con un manager judío que lo fue ascendiendo de jefe de planta a director y, a los cuarenta, pudo montar su propia tienda de ropa de boda para caballero en el centro de Londres.

A principios de abril, Mr. Palmer se marchó de vacaciones a Goa y Mrs. Palmer se quedó a cargo de la tienda. Fue en aquellos días cuando comprendí la gruesa madeja de compromisos que unía a los Palmer: la nueva tienda, sus dos hijos, la casa de Wimbledon, un par de coches y veinte años de matrimonio.

Mrs. Palmer caminaba con gestos enérgicos y una expresión en el rostro siempre hierática. Aunque llevaba más de veinte años viviendo en Londres, jamás la vi dirigirse a su marido en inglés, algo que frecuentemente Mr. Palmer hacía.

El tesón de Mrs. Palmer jugaba un papel primordial en el bienestar material de su familia, pero cuando veía a Lana, una sastre letona sin papeles, sudando en aquel sótano sin ventilación, entre rollos de retales, inclinada como la encajera de un cuadro de Vermeer, y escuchaba a Mrs. Palmer advirtiéndole que necesitaba una sastre más rápida o cacareando el lema de la tienda –toda pieza es un rico tributo al maestro artesano– a algunos de esos ricos americanos, que no hacían más que decir it’s great, sorprendidos por la definitiva originalidad de los chalecos, no podía soslayar que aquella mujer era como un quebrantahuesos, despeñando los huesos de sus víctimas desde lo más alto para tratar de conseguir su preciado tuétano.

Me acostumbré a pasear con Lana hasta Green Park después de cerrar la tienda. Le hablaba de la película que había visto en el Curzon y ella me escuchaba atentamente, quizás porque casi podía contar las palabras que oía a lo largo del día, y me ofrecía galletas y mandarinas debajo de su enorme paraguas, pero yo no podía dejar de pensar en Gwenola.

Al día siguiente de que Mr. Palmer llegase, Mrs. Palmer y sus hijos se marcharon a Goa. El material dejó de estar escrupulosamente ordenado, pero las ventas se incrementaron y la tienda volvió a ser un lugar habitable.

Aquellos días salí con los amigos de Mr. Palmer. Todos eran indios y vendedores y, por encima de esas dos cosas, devotos del blackdaniel’s and coke. Se tomaban los cincos primeros a una velocidad asombrosa. Empezaban maldiciéndose y luego acababan descoyuntándose por todo.

Una de esas noches, Mr. Palmer, me dijo:

-Estas vacaciones han sido los días más jodidamente felices de mi vida, ¿me entiendes?

-Sí, le entiendo, Mr. Palmer.

-Deja de llamarme Mr. Palmer, llámame Peter. Ella era de Manchester…

Luego me miró enigmáticamente.

-Tú llegaste a mi tienda por algo.

-Por trabajo -contesté desternillándome.

-No, llegaste como llega un viejo amigo la noche que abres una botella de vino que tienes guardada desde hace años.

De repente, me había convertido en una vaca sagrada.

-¿Quieres ser escritor?

-No hay nada que más me apetezca, Peter.

Borracho era una mezcla de vendedor de alfombras y elevado gurú espiritual.

-Escribe algo que dé dinero y yo te lo publico.

Parecía flotar en algún punto entre la primera reencarnación y el Nirvana. Entonces pensé en ese futuro instante tranquilo de trabajo fructífero y constante en que mis dedos podrían tocar la hoja repleta de palabras con sentido.

-Pero lo primero que quiero es aprender a escribir.

-Tú, escríbeme algo que dé dinero.

Los días que pasó sin su familia siguió fiel a la cerveza después del partido de críquet, al largo paseo con su perro a las siete de la mañana y a las comidas vegetarianas, pero cuando se arrebujaba en su silla, sus ojos présbitas nos mandaban secretos globos de ilusión a los que le rodeábamos.

Mr. Palmer carecía de paciencia con los clientes que no juzgaba como potenciales compradores, sin embargo, una de aquellas mañanas entraron unas inglesas con ganas de chanza y poco dinero, y no pararon de manosear los chalecos estampados:

-Qué abejas tan divertidas. Son como las del Manchester United.

Mr. Palmer las miró indulgente y cuando salieron de la tienda me dijo, abriendo el Evening Standard por la sección de chismorreo:

-Yo antes sólo leía las páginas dedicadas al críquet.

Recuerdo la tarde que llegó de la India. Desde el monitor de la planta superior escuché cómo quería contar a su esposa un montón de mentiras irreverentes porque rebosaba felicidad. Mrs. Palmer sólo parecía preocupada en dejar bien atado, antes de marcharse de vacaciones, el nuevo diseño de los chalecos.

La mañana del Domingo de Resurrección, después de descargar el material en un viejo almacén, nos marchamos al sur. Cerca de Bournemouth cogimos un estrecho sendero que nos llevó a una empresa de barcos de vela.

Hacía un día espléndido, aunque soplaba tramontana. La blanca bandera de un barco varado se movía con furia. Mr. Palmer se encaramó al palo mayor y, con una expresión insolente, me gritó:

-Este es mi sueño, escritor: comprarme uno de trece metros de eslora y cruzar el canal de Suez hasta la India.

En el peer de la rocosa playa de Brighton escuchamos la música de unos negros que se lo montaban maravillosamente con unos tambores. El sol se reflejaba en las aguas plateadas y serenas que peinaban las gaviotas y nos comimos un pescado con patatas y mayonesa.

-En la religión hinduista existe la costumbre de acudir al templo el primer día del año con un libro en el que se vierten todos los deseos para ese nuevo año. Es una especie de libro de la suerte con un montón de páginas en blanco por escribir. Todos estos años no he escrito más que cuentas. ¿Tú crees que yo puedo ser algo más que un vendedor?

-Yo creo que eres un fantástico vendedor de ilusiones. Eso es algo más que un simple vendedor.

Su teléfono móvil sonó. Mrs. Palmer le llamaba desde la India. Mr. Palmer le contó que estaba conmigo en el sur y Mrs. Palmer le reprochó que no hubiese abierto la tienda, y que se tomase la confianza de pasar un día libre con un empleado. Mr. Palmer cambió la feliz expresión de su rostro y balbuceó:

-¿Qué tal hace en Goa?

Pero la conexión se cortó. Se puso a llover y corrimos a resguardarnos en una cafetería. Estuvo un rato tratando de comunicarse con su esposa pero el teléfono no daba línea.

Un tímido sol se asomó entre las nubes y los jóvenes salieron de las cafeterías para volver a comprarse donuts americanos en el muelle. Apoyado en una barandilla, Peter Palmer miraba a un grupo de niños que arrojaban piedras al mar. Las guijas iban dando botecitos y luego se hundían en el agua. Dijo que era tarde y que debíamos regresar.

Condujo hacia Londres lamentándose que era difícil que su amante y él siguiesen viéndose porque estaban casados, que era difícil comprarse un barco hasta dentro, por lo menos, de un par de años, y que era difícil encontrar el personal adecuado para retirarse. Parecía más fragmentado que un cuadro cubista.

Gwenola estaba sola en casa. Con la voz quebrada, me contó que había discutido con Ludovic antes de marcharse al trabajo. Se olvidó de coger los zapatos y, cuando entró a la habitación, su despertador de vaca emitió varios mugidos que despertaron a Ludovic, que le hizo una recriminación certera de sus meses de convivencia en la misma habitación. Me juró que no pasaría ni una noche más en aquella celda.

Tenía sobre la mesilla dos entradas para una exposición y la convencí para que fuésemos. Se puso un vestido de terciopelo, unos zapatos de tacón y anudó alrededor de su delgado cuello un pañuelo azul.

Me presentó a un grupo de amigos suyos que también pertenecían a la aristocracia francesa. Les expresé, en mi imperfecto francés, mi imperfecta idea del arte, y agitaron sus cócteles, desviando su mirada hacia otra alma fraccionada que rompiese el silencio, relegando al ostracismo mis palabras.

Entre aquella gente que ignoraba la riqueza de un instante de inocencia, Gwenola se lo bebía todo, exhausta por el eco de su risa enajenada. Me preguntó si conocía algún otro sitio más interesante. La llevé a un restaurante español del Soho y cenamos croquetas de pescado y caracolas con salsa de marisco.

Volvió a sonreír. Parecía la primera mujer sobre la tierra comiendo sardinas con las manos. La escuché con orejas de elefante, deseando que olvidase a su novio parisino y que recortásemos los espacios que nos separaban en el gran collage del mundo.

Después de cenar paseamos por Oxford Street, llovía pero paseábamos sin paraguas, despaciosamente. Cuando pasamos por el escaparate de una agencia de viajes, se quedó clavada frente a una fotografía de la isla de Malta. Me hizo prometerle que dejaría la tienda y que nos marcharíamos allí para emplearnos en un barco de turistas. Y yo le dije sí quiero.

Reímos pensando en el puntapié que, aquella mañana, Al Fayed propinó a una de las camas de su departamento porque el edredón no estaba bien colocado. Me llevó de la mano hasta una boca de riego, le pegó una patada, perdió un tacón y se colgó de mi cuello.

La gente se refugiaba de la lluvia y nosotros nos besábamos como dos ahogados. A veces le susurraba cosas en el territorio neutro del inglés. Aquella noche me sentí extranjero de un amor súbito, lleno de imprecisiones.

A la mañana siguiente, cuando me levanté, Gwenola estaba preparando las maletas. Se marchaba a vivir a otro apartamento. Estaba radiante.

En los albores de mayo, la gruesa capa de nubes que cubría Londres comenzaba a disiparse, mi corazón latía lento y me había olvidado de poner cruces en el calendario. Bajaba perezosamente al sótano, me ponía la corbata y la americana, hablaba un rato con Lana y adecentaba la mesa y las estanterías, y acudía por el white tea de Mr. Palmer y al buzón de correos a echar las cartas publicitarias.

A los pocos días de que Gwenola se fuese, cambié de casa. El alquiler era más barato y el dinero que ahorraba lo invertía en el Curzon.

Era una casa junto a una estación habitada por otros siete trabajadores de vida demasiado independiente. Cuando llegaba por la noche con las bolsas de la compra, el único ruido que escuchaba era el traqueteo de los trenes.

Llevaba varias semanas sin noticias de Gwenola. Le dejaba mensajes en el móvil pero no respondía. Fui a buscarla, me abrazó, disculpándose de que aquellos días había estado liadísima y quedé con ella a la salida del trabajo. Esperé enfrente de Harrod’s hasta que se me puso cara de mendigo del Primer Mundo.

En el 74 recordé todas las veces que mi corazón había latido con la ilusión de la espera. Gwenola no vino, pero supongo que no hay nada cargado de más sentido que un hombre esperando en la puerta de Harrod’s a una mujer que nunca volverá.

Un fin de semana, Mr. Palmer me devolvió Los siete pilares de la sabiduría. Me lo había dejado olvidado detrás de una fila de pantalones. Lo leía a hurtadillas, como el protagonista de Farenheit 451 de Truffaut, vigilando el monitor, atento a todo el de que entrase en la tienda. Pregunté a Mr. Palmer qué había hecho con el texto que escribí para el desfile de moda y me respondió que no tenía la menor idea. Luego se sentó en una silla, entornó sus ojos y me dijo sonriente:

-Hay una sentencia budista que dice: no te aferres a las cosas, todo es transitorio.

Al día siguiente me pedí el día libre. Quería ir a Oxford y sentarme bajo el viejo puente del Magdalen College, el mismo de mi adolescencia con aquella violinista polaca. Después fui al Welsh Ponny, pero ya no estaba allí, ni tampoco ella. Caminé una media hora más hacia la casa de Lawrence de Arabia. Crucé el arco de entrada y llamé al timbre. Nadie me abrió. Me volví a contemplar el descuidado jardín, donde reposaban cuatro automóviles antiguos. No quise convertirme en estatua de sal, aceleré el paso y me marché.

En la penumbra de mi cuarto, estuve un rato mirando las etiquetas de embarque de mis maletas. Nunca las quito, para recordar que volveré a marcharme. Aquella noche me desperté varias veces agitado por el traqueteo de los trenes.

Mr. Palmer tardó un par de días en encontrar a otro vendedor. Antes de marcharme, le compré el último número de la revista Barcos de vela. Se lo dejé sobre la mesa y me deseó la mayor suerte del mundo. Desde el escaparate le observé atendiendo a un cliente, al que mostraba con orgullo uno de sus chalecos de trescientas libras.

Caminé de Picadilly Circus a Leicester Square, y en una esquina de Covent Garden me topé con el mismo músico que vi la primera noche que llegué a Londres. Tocaba Tú quieres dormir y yo quiero andar.

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